“Sad-Eyed Lady of The Lowlands”

January 17, 2017 § Leave a comment

Escrito de sábado.

-Parte 1-

Lo Inesperado.

Je suis un peu triste aujourd’hui.

En el café Illy. Veo a un niño vendiendo lapiceros (ahora escribo con el que le compré). Su sonrisa es sincera. A veces, viéndolos en su oficio, olvido que son niños, hasta que los veo correr, jugar o sonreir genuinamente, de una manera muy distinta a como sonreímos muchos adultos.

Tiemblo, pero por dentro. Me siento frágil, como un cristal que, percatándose de su propia delicadeza, ya casi ni respira. O tal vez como una flor cuyos pétalos están por caerse.

No tengo miedo de quebrarme, pero por ahora solo siento lo que siento, y me pregunto por qué la tristeza a veces llega sin aviso previo y sin razón aparente, como una visita espontánea.

Debo decir que a mi me encantan estas visitas por lo general, porque crean una realidad que en mi mente antes no era posible, o por lo menos no había cruzado ni de la manera más remota mi cabeza.

Entiendo el temor que le tenemos a lo inesperado, pero ¿no es mágico acaso? Lo inesperado nos recuerda que siempre hay más posibilidades; que la vida es más grande y el futuro más emocionante de lo que creemos todos los días.

Sin embargo, creo que no basta con que lo inesperado llegue, pues hay que saber recibirlo. No todos reciben una visita inesperada con brazos abiertos. Y, al menos para mí, es triste ver cuánta gente piensa que lo azaroso no tiene nada que ofrecer, porque no hace parte del plan que han diseñado para sus vidas.

¡Cuanta gente cerrada a esa magia! Lo sé, sé que suena prejuicioso y arrogante, pero yo creo que debemos hablar a veces de las cosas importantes. Y, para mí, estas son las cosas importantes.

-Parte 2-

De lo inesperado a lo frágil de la poesía.

A veces lo inesperado nos duele – nos arde. Son como esos golpes (tan fuertes) de Vallejo, cuya descripción me hace pensar ahora que la poesía tiene algo de imposibilidad y algo de inmortalidad. Algunos poemas son creaciones perfectas, como se ve a veces la “perfección” en figuras geométricas a las cuales no se les puede restar ni un espacio – ni un respiro. Es como un “house of cards”, pero estas cartas son palabras y silencios, y están sostenidas por un caos. Así, tal vez también la poesía es de una gran fragilidad, y por eso muchas veces nos derrumba al recordarnos -de un golpe- lo pequeños que somos.

(Como esa imagen que tengo en mi cabeza del meteorito que vi desde Cogua).

-Parte 3-

Intento Poético

A veces tras leer,

Sea verso libre o soneto,

Vibra mi corazón,

y mi vacío le hace eco.

En mi corazón un solitario árbol,

que se regocija cada primavera,

y a duras penas sobrevive mis inviernos.

-Parte 4-

Escrito de lunes.

Sad-Eyed Lady of the Lowlands. La canción de Bob Dylan que ha sonado en mi cabeza los últimos días. Solía gustarme mucho, y de alguna manera me parece relevante ahora, pero no sé aún por qué y tal vez no tenga suficiente curiosidad para averiguarlo.

 

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Another bad poem: January’s lonely song

January 9, 2017 § Leave a comment

January’s lonely song

 

Oh dear tree,

Sometimes I want to be like you,

Patiently withstanding storm and snow.

But perhaps I’m more like the constant moon,

Moving with earth’s gentle blow.

Or am I like the ocean, infinitely alone,

always reaching, always moving away from shore?

Am I the river that runs away from the mountain?

Or the mountain that misses the sea?

Maybe just a nomad seed,

waiting to bloom, or to never be.

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Frascos de aceitunas

January 5, 2017 § Leave a comment

En este mundo imaginario, las aceitunas son la manera más preciosa y elevada de demostrar afecto hacia alguien. En toda su vida, nuestro personaje Alina ha recibido aceitunas solo de sus padres, sus hermanas, unos cuantos amigos y un personaje misterioso que aparecerá pronto en la historia. Sin embargo, sin importar cuánto se esfuerce en conservarlas, cada vez que las recibe se emociona tanto, que las abre, y luego ellas no duran mucho. Siempre trata de controlarse, pero ¡le gustan tanto las aceitunas! Y ya está resignada a tener poco poder de voluntad. Aunque recibe pocas, ella tiene una gran reserva de frascos en su habitación para dar. Los da frecuentemente y, en ocasiones, sin reservas. No les voy a mentir, a veces a Alina le gustaría recibir tantos frascos como da, pero bueno, no todos tienen tantos como ella (se repite esto a sí misma cada vez que se siente triste).

Esta noche, por ejemplo, Alina se siente un poco triste. Mira todos los frascos de aceitunas en su habitación, y se pregunta por qué los sigue regalando, pues ella sabe que muchos de estos (aproximadamente un 68%) terminan en la basura, se pudren en algún rincón del corazón de las personas o son devorados sin consideración. En cuanto a los pocos que ella recibe, suelen ser efímeros; pasajeros; exquisitos (siempre) pero frágiles y perecederos. Cada frasco que recibe, sea marca Al’fresco o La Coruña, le enseña que es cierto eso de que “nada dura para siempre” (inevitablemente, suena esa canción de salsa en la cabeza del narrador).

Intentando hacer un recuento de todas sus transacciones afectivas, las cuales, como he dejado ya claro, han conducido a un enorme déficit, Alina se pone nostálgica pensando en el personaje misterioso de la historia. Si tan solo pudiera regresar a sus 16 años y por lo menos guardar el frasco, pero ya el vidrio debe estar hecho polvo. Se asegura que de igual forma hay que dejar ir de las cosas; que los recuerdos solo opacan el presente y dan la impresión de que las cosas nunca van a ser igual de emocionantes (como si su vida hubiese estado llena de aventuras), pero la verdad es que daría todos los frascos de aceitunas que tiene para regalar por ese que le dieron aquella vez, pues fue el primero (obviando los de sus padres y hermanas, por supuesto) que recibió de alguien que no esperaba absolutamente nada a cambio. ¿Cómo lo supo? Pues la nota pegada a las aceitunas, marcada con tinta verde, no llevaba nombre alguno.

De visita

January 3, 2017 § Leave a comment

Todo confluye; todos los caminos se encuentran en una extraña parada, y aquí estoy.

Hace días de nuevo, como casi siempre que vengo a Barranquilla, vi mi cuadernos viejos (algunos ni los recordaba). Recordé, a través de ellos, que a mis 19 o 20 tenía incluso más de un cuaderno al mismo tiempo. Uno de rayas que compré en la Panamericana, uno blanco con arabescos negros que me regaló Joelle (si mal no lo recuerdo) y uno grande de dibujo con cubierta color naranja (en este tengo dibujos hechos con carboncillo. En algunos casos, recuerdo cosas que sucedieron mientras o después de que los hice). No solo escribía varias páginas al día, sino que también alimentaba mi mente con poemas, películas, citas. Esa época es la razón por la que me he visto películas como The Hustler y Rebelde sin Causa, conozco de muchos autores y libros (sin haber leído mucho) y algo de arte. Recuerdo que solía ir sola al museo del Banco de la República los viernes. No tenía amigos en ese entonces, antes de pasarme a vivir en el centro. Incluso cuando me mudé a la 4ta con 19 seguí yendo al museo. Me gustaba coleccionar los folders que daban, y recuerdo, en especial, la exhibición de fotos de Richard Evan Schultes. Apenas he visto el tráiler de “El Abrazo de la Serpiente”, pero apenas lo vi recordé esa exposición y supe que esas imágenes se parecían a las que había visto aquella vez. Incluso recuerdo la carpeta de esa exposición (era verde claro, creo).

Cuando me encuentro con estos objetos, que abren páginas pop-up en la mente (toda una escena se dibuja alrededor de ellos), algo dentro de mí, dentro de una celda dentro de mí, toca su pesada puerta y me pide atención. Hace rato no abro esa puerta. Hace poco leí que Rilke no quería dejar ir de sus demonios, porque sus ángeles se iban con estos, y a mis 19 años yo comprendía, y tampoco yo quería dejar ir de mis demonios. Sin embargo, nunca tuve suficiente control, y mis demonios me hicieron elegir entre ellos y el mundo, y yo escogí el mundo y los guardé tras alguna puerta.

Pero no se dejen engañar por la palabra “demonio”. Tal vez estos demonios son los mismos ángeles, a los que no podemos ver sino tras nuestras sombras; así como el amor a veces se manifiesta de las formas más grotescas.

La soledad de Proust, de Rilke, de Khalil Gibran, de Nietzsche, de Antonio Machado y sus nostálgicas fuentes, de mi querido Stephen Dedalus (recordé de repente que uno de mis poemas favoritos – por cuánto me conmovió – salió precisamente de A Portrait of the Artist as a Young Man) me parecía dulce y conocida; similar a la de mi propia infancia.

Pero, como contaba antes, elegí el mundo (o al menos eso pensaba entonces). Comencé a esforzarme por vivir todo de una manera distinta, desde una parte distinta de mí que iba más allá de mis demonios y me ofrecía una calma que nunca antes había sentido. Leí algo del libro Werther de Goethe, y me quedaron las siguientes palabras: “Trato a este pobre corazón como un niño enfermo, le concedo cuanto me pide”. Fue precisamente eso lo que dejé de hacer. Lo que me propuse fue dejarme de lado, para poder dar y no solo tomar del mundo cuanto tuviese que tomar para satisfacer a los demonios que me ayudaban a crear algo que nadie leía y a nadie le importaba.

Recuerden no dejarse engañar por la palabra “demonio”. Ellos también contienen las bellezas más sutiles del mundo; esas que no existen sin un poco de dolor. Entre las creencias que han sobrevivido todo el cambio que ha implicado adaptarme un poco al mundo, está aquella de que el dolor no es algo que debamos rechazar ni resistir. No es que yo quiera sufrir (de hecho, aún me da mucho miedo el dolor), pero creo que, de alguna manera, el dolor ya está depositado de a poquitos en nuestros átomos, y tal vez debamos amarlo también, como parte de lo bello y de lo eterno.

También perdí mi cercanía con la soledad, una de mis más antiguas amigas. Especialmente esa soledad cómplice de la que hablaba antes; la de los árboles y tal vez la de seres místicos. Ahora, ya a mis 28 años, incluso he llegado a despreciarla un poco, simplemente porque he olvidado qué hacer en ella. Antes sacaba a mis pequeños demonios a pasear. Los alimentaba, corría con ellos como si el tiempo no pasase, y les mostraba, con grandes ojos inocentes, que los quería. Ahora, ahora que mi travesía me ha llevado más lejos, a un lugar que tal vez es más poderoso y más querido por mí, he olvidado a mis demonios, pero todos sabemos que algunas veces nos ponemos nostálgicos y queremos regresar a los lugares de nuestra infancia.

Precisamente es eso lo que hago ahora, y me pregunto si hay alguna forma en que mis dulces demonios puedan convivir en ese lugar luminoso al que siempre quisiera regresar. ¿Será que le temen a la luz, o será que de alguna forma también ellos quieren llegar allí, pero no lo saben aún?

Algún día abriré esa puerta de nuevo y dejaré que corran libres, cuando ya no tenga miedo de que me separen infinita y definitivamente del mundo. Por ahora, los recuerdo y me acerco a ellos, y los miro por el pequeño agujero que tiene la puerta. Tengo que entrecerrar los ojos y forzar la vista, y aun así solo veo sus siluetas. A veces me hacen falta, pero algo me dice que estaré visitándolos más frecuentemente, pues tal vez para eso he crecido.

Dejé que mi escrito escogiera su rumbo…

December 4, 2016 § Leave a comment

Esta tarde de domingo silenciosa me indica que es hora de escribir un nuevo texto para el olvido.

A diferencia de los demás, que escribo primero en un cuaderno por lo general y luego transcribo, este lo estoy escribiendo directamente sin saber bien qué rumbo va a tomar o si tomará de hecho un rumbo (supongo que es imposible que algo no tenga rumbo). O, como me dijo un amigo desde la lejanía en la que se encuentra, incluso elegir no elegir es una elección. Entonces, supongo que escribir de nada es también escribir de algo.

Hace rato no escribo algo crudamente honesto. Tal vez por temor (aunque más que temor esto debe ser esperanza) de que me lean. Pero la realidad es que, aunque sigo emocionándome cada día por descubrir el mundo de nuevo, me enfrento diariamente a nuevos conflictos internos. Me pregunto por las convenciones sociales y hasta qué punto me alejo mucho de ellas. Me pregunto si en realidad estoy haciendo suficiente en mi trabajo, o si estoy conformándome con usar tan solo una pequeña parte de mi potencial. Pero no, estoy trabajando arduamente. Mis días de trabajo a veces comienzan a las 7 y acaban a las 10 de la noche. ¿Será una cuestión de reconocimiento? ¿Por qué será tan importante que los demás se percaten del trabajo que uno hace y lo reconozcan? ¿No es suficiente con simplemente hacer; con simplemente ayudar a las personas que me rodean en el trabajo y facilitarles algunas cosas? Esa ha sido la pregunta que más me ha perseguido en los últimos días. Y esa pregunta misma es una indicación de que lentamente estoy cayendo de nuevo en la trampa del mundo: las idea del progreso y de la jerarquía.

But sometimes I shake that off. A veces me sacudo ese mundo y escucho los pájaros cantar en la mañana. Como ayer en la finca, cuando me parecía que cantaban desde el techo de la casa detrás del lavadero o tal vez desde los pinos. El hábito es tan peligroso para quienes, como yo, quieren sentir, como lo he escrito varias veces, con cada fibra de su cuerpo. Tal vez todos mis sentimientos ahora han encontrado un reflejo en las pocas páginas que he leído de Dawkins: “There is an anaesthetic of familiarity, a sedative of ordinariness, which dulls the senses and hides the wonder of existence….But we can recapture that sense of having just tumbled out to life on a new world by looking at our own world in unfamiliar ways.”

Quite honestly, tal vez fue por el momento del mes pero ir a la oficina después de meses trabajando en la finca fue un poco aniquilador. La maravillosa pequeñez que uno siente en la naturaleza es muy distinta a esa otra que uno siente frente a otros seres humanos y, a veces, frente a la idea de uno mismo en ese mundo tan humano.

No sé por qué da duro, pero da duro. Esta idea que tenemos de que no nacemos con la misma importancia. Esta tendencia a rendir pleitesía y temer no ser suficientes; a creer que, de hecho, por rango o salario, alguien está por encima o por debajo de uno. Sé que en la naturaleza también hay jerarquías, pero a mi parecer tienen una connotación distinta. Y es imposible no ver estas separaciones en las que tanto insistimos en cualquier ambiente laboral.

La verdadera cuestión es: ¿cómo seguir participando en todos estos sistemas de la sociedad sin terminar por creer en ellos o sin vivir eternamente frustrados porque estos contradicen la realidad que nuestros ojos de hecho ven? Y esta no es mi pregunta. Es una pregunta que se ha revisado una y otra vez en la filosofía e incluso tal vez también en la ciencia.

¿Es necesaria esta tensión entre fuerzas? Como las veía Nietzsche: una arraigándonos más a la tierra y una empujándonos hacia arriba, hacia el cielo, hacia las alturas (porque también somos árboles). A veces, después de escribir por un rato y darme cuenta de que las preguntas no cambian, de que las realizaciones se repiten, y el círculo sigue dibujándose una y otra vez sin interrupción, me pregunto si las palabras son necesarias. De nuevo llego a la conclusión de que tal vez todo se ha dicho y de tanto repetir las cosas más fundamentales, las hemos olvidado. Tal vez cada palabra borra un recuerdo o una sensación. Tal vez cada palabra borra con cada una de sus delimitadas letras un espacio de infinito silencio, o de silencio lleno de infinitos. Ahora, al escribir esto, entiendo un fragmento de Nietzsche que leía con mi hermana hace unos días. Pero en realidad qué importa. La idea tal vez no es inmortalizar palabras y crear recuerdos, sino hacer el esfuerzo de mantener los ojos así sea entreabiertos, antes de caer dormida. Tal vez cada repetición tiene una importancia. O tal vez mis palabras no tienen ninguna importancia, y en ello consiste su vitalidad. Porque tal vez esto también es crear. Crear siempre lo mismo, tal vez, pero un poco distinto. Como visitar el mismo museo de historia natural en Nueva York y que nada haya cambiado excepto uno (hidden reference). Tal vez así podamos sobrevivir un poco a la aparente monotonía y los aparentes sistemas de la sociedad que nos rodea: todo se repite; todo sigue siendo igual, pero cada vez de una forma distinta. Y esa forma distinta de las cosas iguales que siempre parecen repetirse es el espacio que nos permite crear; son nuestra libertad y nuestro alivio en el mundo que a veces parece aniquilarnos. Diminutos agujeros infinitos que se van abriendo en nuestra cotidianidad tras pequeños temblores de la conciencia. Por ellos es que a veces puedo respirar.

He ahí el rumbo que tomaron mis pensamientos en este espacio de la tarde que casualmente coincidió con la hora en que la sombra persigue la luz hasta alcanzarla. Ahora el manto de sombras cubre mi alrededor y resalta el resplandor de la pantalla. Aquí ahora está concentrada mi vida, pero esto solo durará otro par de segundos, mientras escribo estas últimas palabras.

Y así he comenzado a aprender sobre el desminado humanitario…

October 16, 2016 § Leave a comment

Ha pasado un buen tiempo desde la última vez que escribí. Como siempre, mi vida va transformándose rápidamente – y yo me dejo ir. Hoy me despierto después de un profundo sueño. El último mes lo he pasado casi todo en el campo, y seguramente eso ha tenido una cantidad de efectos en mí.

Vivir en Cogua. Sentir el frío de la represa. Interactuar con personas todo el día –y animales–. Todo esto es tan distinto a lo que estaba haciendo hace varios meses: trabajando en casa (fuera en Bogotá o Barranquilla) en traducciones escritas. Me la pasaba casi todo el día adentro – interactuando apenas con mi familia y un par de amigos, si algo.

Los meses anteriores a esos, en los que no tuve trabajo y escribí más que nunca antes, parecen haber terminado hace siglos. Venía acá a este mismo café, y escribía sobre los lustrabotas o que me iba a África a buscar al Principito.

Fue en esa época cuando se me ocurrió buscar un voluntariado. Leí sobre APN (Ayuda Popular Noruega) en internet y mandé un correo, aparentemente a la oficina en Noruega.

Me citaron en la oficina de Bogotá, pero me dijeron que no tenían nada que ofrecerme en ese momento. Me fui de allí sin sentirme muy decepcionada, puesto que realmente no esperaba nada.

Seguí escribiendo y buscando trabajo…pero el universo es conspirador. O no; el universo solo es y ya, y no cree en conceptos del bien y del mal, ni en el destino o el karma –solo que a veces parece que lo hiciera–. El universo parece conspirar a mi favor muchas veces, y yo quedo sin saber a qué o a quién agradecerle.

El punto es que, después de aproximadamente 4 meses trabajando casi sin parar en traducciones escritas; un mes de descanso entre Medellín, Barranquilla y Taganga; y justo antes de terminar la traducción de un estudio sobre minería de carbón, recibí un correo de APN diciendo que ahora sí necesitaban a un traductor.

Sé que la historia no es tan increíble como algunas que he escuchado recientemente sobre la guerra en el Medio Oriente, el mar en el Sudeste Asiático y los animales salvajes en África, pero tiene su magia…y todo lo que ha pasado desde entonces.

Las personas son espejos. Y, al verme reflejada en tantas personas últimamente, he podido ver muchas cosas de mí que había olvidado. Es como si me estuviera descubriendo de nuevo después de meses de relativa soledad.

Por supuesto, también estoy aprendiendo cosas que nunca habría imaginado que iba a aprender. Para alguien tan alejado de crudas realidades, de guerras, del campo, como yo, aprender sobre el desminado es algo increíble.

Pero esta breve historia tiene algo interesante, y es que, al graduarme del colegio, pocos se habrían sorprendido si hubiesen podido acceder mágicamente al futuro, a este momento, y me hubieran visto trabajando como traductora en un entrenamiento de desminado humanitario.

Es más, en esa época, me imaginaba trabajando en un lugar remoto en África, ayudando a alguien –a quien fuera–. Estoy muy lejos de África y, trabajando cerca de Bogotá, aún lejos incluso de las zonas “rurales” del país.

Sin embargo, estar acá es un comienzo, o al menos me enseña algo. Y tal vez mi historia no deja más que esto: es cierto lo que aprendí una vez en la Quebrada de la Vieja; lo que alguien me mostró sin darse cuenta.

Yo conozco la dirección, el Infinito provee el camino.

(I know the direction, the Infinite provides the way. Originalmente escrito acá.)

En otras palabras, tal vez no estoy tan perdida después de todo, y sé más o menos para dónde voy después de todo.

Sobre la sensibilidad

May 22, 2016 § Leave a comment

¿Por qué nos afectan las cosas?

Porque somos seres humanos; seres vivos. Y esa vida se trata precisamente de sentir.

Tratar de no sentir; tratar de ser invulnerables, es como luchar contra un árbol por querer florecer hacia arriba.

Y, sin embargo, a pesar de nuestras luchas, nuestros insultos, nuestros golpes, el árbol florece.

Así como, a pesar de nuestras guerras, nuestra rabia, nuestra crueldad, seguimos sintiendo.

El mundo no es muy amigable con esas flores que crecen frágiles y vulnerables, a pesar de todo.

El mundo no es fácil para las personas que son muy conscientes de su vulnerabilidad.

Muchas veces, incluso creemos que ser vulnerables es un defecto y nos preguntamos por qué sentimos tanto – por qué todo nos afecta.

Y tal vez muy pocos nos damos cuenta de que es nuestra capacidad de florecer completamente; que somos árboles que han crecido plenos y bellos, a pesar de los golpes, y las heridas, y las luchas y los temblores.

Nunca podré insistir lo suficiente en que ser sensibles está muy, muy lejos de ser una debilidad.

Al contrario, significa que hemos podido resistir; que hay esperanza; que, así como la naturaleza surge después de terribles desastres, y las flores crecen encima de las piedras, nuestra sensibilidad sigue abriéndose camino entre todos aquellos y todo aquello que intenta impedir su crecimiento.

Entonces, no te creas maldito, o débil, o defectuoso, por sentir demasiado; por ser tan sensible.

Tú eres la verdadera razón por la cual la vida continúa. Tú eres una muestra de la resistencia y la fortaleza, de la vida en nosotros. Tú eres, de cierto modo, nuestra esperanza.

Este “nuevo mundo” quiere hacerte creer que no hay lugar para ti aquí. Pero es sólo por miedo – por miedo a esa misma vulnerabilidad – que muchos pretenden ir en contra de la vida.

Eso…eso sí es debilidad.

Eso…eso es no saber florecer.

Pero, tal vez, con dedicación y fortaleza, los sensibles puedan sanar esas ganas que hay de acabar con el corazón de la vida.

A propósito, un poema de Rilke:

“Apágame los ojos y te seguiré viendo,
Cierra mis oídos, y te seguiré oyendo,
Sin pies te seguiré,
Sin boca continuaré invocándote.
Arráncame los brazos, te estrechará
Mi corazón, como una mano.
Párame el corazón, y latirá mi mente.
Lanza mi mente al fuego
Y seguiré llevándote en la sangre.”

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